La sociedad del conocimiento hace de la investigación un concepto clave para la evolución creciente de la actividad empresarial. La búsqueda de nuevos productos o procesos o la mejora de los ya implantados en cuanto a eficiencia y/o calidad conforman unas líneas de actuación básicas si lo que se pretende es alcanzar y mantener posiciones vanguardistas en el tejido empresarial.

Tanto los requerimientos legales como las nuevas necesidades de los consumidores de nuestro producto, son variables que hay que tener en cuenta a la hora de planificar y gestionar rutas orientadas a la conquista de tales posiciones. Ejemplos de estas actuaciones podemos encontrarlas en la industria alimentaria (mejora de procesos, manteniendo la calidad de producto y minimizando riesgos), químico-farmacéutica (nuevos medicamentos, nuevas vías de actuación), bienes de equipo (nuevas aleaciones, nuevos mecanismos) y, de la misma forma, en todos los sectores productivos. Como se ve, la palabra “nuevo” es una constante; es ahí donde la investigación (la primera I) impone su dominio para la generación de nuevo conocimiento, en una primera fase.

A continuación, una segunda fase, el Desarrollo; una vez obtenidos los conocimientos, se trata de su aplicación al proceso que queremos mejorar o implantar; analizar las mejores rutas de actuación, comprobar diferentes parámetros económicos y científicos, hasta obtener la mejor forma de actualizar nuestra actividad o implementar nuevos hitos; la suma de los dos puntos anteriores, Investigación y Desarrollo (I+D) confiere pujanza al desarrollo industrial: certificación de patentes (de producto o proceso), publicidad de los logros adquiridos, desgravación en el Impuesto de Sociedades… Todos ellos aspectos nada desdeñables.

Por último, hay que mencionar la innovación; en este caso, la aplicación de conocimientos ya previamente adquiridos, con el fin de implementar las mejoras en cuanto a calidad, eficiencia…

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